Vivimos en un mundo que pone en jaque nuestro equilibrio psíquico de forma permanente. Las propias inseguridades personales, sumadas a la crisis económica mundial, el terrorismo, el cambio climático y tantas otras amenazas, provocan un estado de alarma propicio a toda clase de desajustes psicológicos. Hoy sabemos que la incertidumbre es capaz, por sí sola, de activar el circuito psicosomático, productor de padecimientos del tipo de la hipertensión arterial, y otros muchos, que tienen expresión corporal, siendo su raíz psíquica. No obstante, el yo, la parte más realista de nuestro aparato psíquico, debe adaptarse lo mejor posible, a una vida cambiante que se ha demostrado como una tendencia universal. Los esfuerzos para esa adaptación necesaria son cada vez más importantes.
¿En qué momento dejamos de ver y de sentir de esta manera? ¿Y por qué? ¿Podemos volver a recuperar estas fantásticas capacidades? En algún momento de nuestra vida, quizá presionados por todo lo que nos rodea, perdemos esa conexión con lo sutil. Pero los niños están ahí para recordarnos que podemos percibir la vida y sus manifestaciones de otra forma, una forma que reside en lo más profundo de nuestro ser. Cuando no somos fieles a nuestros sentimientos y empezamos a aparentar algo que no somos para entrar en el juego de la competencia social, perdemos a nuestro niño interior, y seguramente con él, la capacidad de percibir con el corazón. Sobre todo esto, los niños y los animales todavía tienen mucho que enseñarnos.
El término de energía psíquica es un concepto que refiere a la energía del alma o del espíritu, aunque en terrenos de la psicología se ha utilizado en numerosas ocasiones; por ejemplo, el padre del psicoanálisis Sigmund Freud o su prolífico discípulo Carl Gustav Jung hablan de ella como una energía motriz que se corresponde con la libido y se encarga de engendrar los procesos vitales. Dicen que muchas veces la energía psíquica se genera a partir del conflicto que tienen las personas entre lo consciente y lo inconsciente. Los movimientos que produce esta tensión en la energía psíquica suelen poder ser en dos direcciones: de progresión y de regresión.
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